Ayer estuvimos trabajando, allá, y trabajaron, mmhh, eh, qué bárbaros.- dijo con la misma voz ininteligible de las últimas dos semanas, apenas abriendo la boca, y con un soplo de aire que parece le destroza las entrañas.
Esta es su tercera semana internado en el hospital mas caluroso que tiene el ISSSTE. Cada día mas flaco, cada día con menos movimiento. Cada segundo se le escapa la vida, lentamente, opacando sus ojos cafés, casi verdes. Hoy está tranquilo, el tubo que drena sus pulmones no le ha molestado. El suero se desliza lentamente por sus ventas, sin dolor. Apenas duerme.
No recuerdo cuándo lo vi por primera vez. Ese rostro vivaracho, con ojos coquetos y ademanes sutiles. Ese andar tan característico de quien ha tenido una pierna más corta que la otra por toda la vida. El bastón, la sonrisa, y tanta loción…
No recuerdo la primera vez, pero me resulta imposible imaginar mi vida sin el abuelo. Siempre ha estado presente de una u otra forma, ayudando en su particular manera a facilitar mi camino y a apoyar mi desarrollo. Ni siquiera recuerdo habérselo pedido; posiblemente es de esas cosas que se obtienen solo porque sí. Me quiere, me quiso y lo demostró constantemente.
Se mueve. Trata de acomodarse en este nuevo colchón neumático que le colocaron hace tres días para evitar que se le formen llagas en la espalda. Pasa de ojos cerrados y evidente cansancio y sueño, a un estado de vigilia tenso, con los ojos bien abiertos, buscando gente, viendo personas que no están, preguntando por seres que por nadie son vistos y que nunca lo serán. Respira pesadamente por la boca abierta, dejando a la vista los pocos dientes que le quedan, sucios, cariados y que no sirven ahora mas que para detener la salida de la lengua. Se ve tan cansado. Ochenta y cinco años ahora parecen demasiados.
Cada cumpleños era casi un sueño. Gran fiesta, pastel, muchos invitados… pero el momento mejor siempre fue la llegada de los abuelos, y su regalo, por supuesto, enorme, magnífico, lo mas deseado: tiendas de campaña, coches de control remoto, relojes, ropa, balones, una moto, un auto… Siempre generoso y hasta un poco bobo, fácil de convencer, buscando la aprobación y el consejo de algún amigo o mayor, él ha estado conmigo.
En su compañía, salvé la vida en mi primera (y única) deshidratación, estando de viaje por La Paz BCS. En su casa viví muchos años, y muchos otros estuve, he estado de visita. En sus autos aprendí a conducir, y disfruté lujo y confort. Me enseño la buena vida, el disfrute, el estar con otros. Pagó mi prepa, mi universidad, y también algo de materiales para tareas. En su fábrica de ropa trabajé por primera vez, ocho horas diarias durante un verano, antes de cumplir los 14 años.
Esta noche estoy junto a él, triste, dolido, incómodo, acalorado; cansado, enojado, alerta y sin poder pensar en otra cosa que no sea el abuelo y el tiempo. ¿Cuánto mas? Nunca pensé que sucedería. Mi abuelo parecía imbatible, cien enfermedades, diez accidentes, 5 ocasiones a punto de morir y seguía de pie, hedonista y pachanguero, coqueto y romántico, astuto y mentiroso, mostrando el camino sin revelar el secreto.
Hoy, asustado y mayor, entiendo que mi abuelo es tambien un hombre imperfecto, cojo, macho, temeroso, que no puede (o no sabe) tomar decisiones por cuenta propia, que siempre se sintió menos porque solo estudió hasta tercero de primaria, que tiene miedo, que esta muy enfermo y que también se encuentra a punto de morir.
He tenido la suerte de charlar mucho con él: antes, durante toda mi niñez y adolescencia, pero sobre todo ahora, estos últimos tres años, en un lenguaje mas parecido al que tienen los hombres y pude conocerlo mejor. He podido agradecerle, he reído con él; también me he atrevido a regañarlo, corregirlo y llevarlo por el camino correcto un par de veces.
Aunque nunca pude llorar con él. Ya sé que probablemente no lo haga, él no es de ese tipo.
Ahora pienso que tal vez, lo mío sera llorar POR ÉL.
Mayo 9, 2006. 1:30 am, Hospital ISSSTE.
