Año Nuevo

Posted: 29 diciembre 2009 in cuento
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Haciendo cuentas, llevo 18 años esperando/deseando que de la noche del 31 de diciembre a la mañana del 1 de enero mi mundo sufra una transformación radical. No pierdo la esperanza de renacer en el útimo segundo. Abrir los ojos y encontrarme esa otra realidad, ese mundo paralelo que equilibre mi existencia, que libere el resto del potencial acumulado durante el año. Estoy dispuesto a todo, y presiento que hoy es cuando.
Todavía con la retina marcada por el eco de las luces multicolores del árbol de navidad y con una suave sensación de mareo provocada por las recientes bebidas y la copiosa cena, me gusta entreabrir los ojos muy lentamente. Apenas he dormido un par de horas, pero el deseo y la anticipación de vislumbrar esa nueva realidad me anima a despertar. Lo primero que llama mi atención es el sonido. Brisa, olas suaves llegando a la playa, nada más. Cierro los ojos para aclarar la mirada, y lo intento de nuevo. Lo que veo me deslumbra. Sol, arena, mar… una hermosa chica en bikini marrón camina hacia mí. La pesadez de las pocas horas de sueño me impiden incorporarme para ponerme alerta ante lo que pueda suceder. Se detiene. Sus facciones son bellas, usa lentes obscuros, y debe quitarse el pelo de la boca para poder hablar. Alguien le da un micrófono y la escucho decir con acento gringo: “Hola, desde Miami, esto es MTV-News”.
Cierro los ojos. Trago saliva.
Encuentro el control. Apago la tele.

¡Feliz Año Nuevo!

El Juego

Posted: 2 octubre 2009 in cuento
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Los dias se vuelven mas largos y ya no encuentras el modo de volverte a sentir cómodo contigo mismo. Cada hora se prolonga y tu insatisfacción te lastima tanto como tus heridas en las muñecas, todavía con vendas amarillas y polvosas. Sigues sentado ahí, donde casi sin quererlo depositaste este contenedor de anhelos y sueños, este cuerpo obscuro y frío donde vives. Apenas te mueves. Y no por pereza o comodidad, sino porque de tanto intentarlo se ha roto tu voluntad y quedó en el olvido el proceso y sistema necesario para tan básica función. No sabes si estás solo en la habitación. Lo que sí sabes es que no hace frío, que tienes algunos insectos posados en algún espacio delimitado por piel lacerada, donde la humedad te ha provocado enmohecimiento y supuración profusa. En este momento debe ser media tarde. Prometió que vendría a alimentarte a caer la noche, cuando la obscuridad te impida saber si lo que ves es la realidad o un escape fabricado por lo que te queda de esperanza. Seguramente le confundirás con otra de las sombras que te visitan, y dejarás de prestarle atención. Aún así, ella volcará sonriendo el contenido de toda la lata en tu plato, y la pondrá como siempre a dos pasos de tí. Para cuando te des cuenta de su presencia será demasiado tarde, de nuevo se habrá llevado el plato lleno a la basura y saldrá de la habitación, dejandote la promesa de regresar alguna otra noche, cuando te encuentres dispuesto a levantarte, comer y recuperarte de tus heridas, para que el juego vuelva a empezar.

Despedida

Posted: 25 junio 2009 in cuento
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Ayer estuvimos trabajando, allá, y trabajaron, mmhh, eh, qué bárbaros.- dijo con la misma voz ininteligible de las últimas dos semanas, apenas abriendo la boca, y con un soplo de aire que parece le destroza las entrañas.
Esta es su tercera semana internado en el hospital mas caluroso que tiene el ISSSTE. Cada día mas flaco, cada día con menos movimiento. Cada segundo se le escapa la vida, lentamente, opacando sus ojos cafés, casi verdes. Hoy está tranquilo, el tubo que drena sus pulmones no le ha molestado. El suero se desliza lentamente por sus ventas, sin dolor. Apenas duerme.

No recuerdo cuándo lo vi por primera vez. Ese rostro vivaracho, con ojos coquetos y ademanes sutiles. Ese andar tan característico de quien ha tenido una pierna más corta que la otra por toda la vida. El bastón, la sonrisa, y tanta loción…
No recuerdo la primera vez, pero me resulta imposible imaginar mi vida sin el abuelo. Siempre ha estado presente de una u otra forma, ayudando en su particular manera a facilitar mi camino y a apoyar mi desarrollo. Ni siquiera recuerdo habérselo pedido; posiblemente es de esas cosas que se obtienen solo porque sí. Me quiere, me quiso y lo demostró constantemente.

Se mueve. Trata de acomodarse en este nuevo colchón neumático que le colocaron hace tres días para evitar que se le formen llagas en la espalda. Pasa de ojos cerrados y evidente cansancio y sueño, a un estado de vigilia tenso, con los ojos bien abiertos, buscando gente, viendo personas que no están, preguntando por seres que por nadie son vistos y que nunca lo serán. Respira pesadamente por la boca abierta, dejando a la vista los pocos dientes que le quedan, sucios, cariados y que no sirven ahora mas que para detener la salida de la lengua. Se ve tan cansado. Ochenta y cinco años ahora parecen demasiados.

Cada cumpleños era casi un sueño. Gran fiesta, pastel, muchos invitados… pero el momento mejor siempre fue la llegada de los abuelos, y su regalo, por supuesto, enorme, magnífico, lo mas deseado: tiendas de campaña, coches de control remoto, relojes, ropa, balones, una moto, un auto… Siempre generoso y hasta un poco bobo, fácil de convencer, buscando la aprobación y el consejo de algún amigo o mayor, él ha estado conmigo.
En su compañía, salvé la vida en mi primera (y única) deshidratación, estando de viaje por La Paz BCS. En su casa viví muchos años, y muchos otros estuve, he estado de visita. En sus autos aprendí a conducir, y disfruté lujo y confort. Me enseño la buena vida, el disfrute, el estar con otros. Pagó mi prepa, mi universidad, y también algo de materiales para tareas. En su fábrica de ropa trabajé por primera vez, ocho horas diarias durante un verano, antes de cumplir los 14 años.

Esta noche estoy junto a él, triste, dolido, incómodo, acalorado; cansado, enojado, alerta y sin poder pensar en otra cosa que no sea el abuelo y el tiempo. ¿Cuánto mas? Nunca pensé que sucedería. Mi abuelo parecía imbatible, cien enfermedades, diez accidentes, 5 ocasiones a punto de morir y seguía de pie, hedonista y pachanguero, coqueto y romántico, astuto y mentiroso, mostrando el camino sin revelar el secreto.
Hoy, asustado y mayor, entiendo que mi abuelo es tambien un hombre imperfecto, cojo, macho, temeroso, que no puede (o no sabe) tomar decisiones por cuenta propia, que siempre se sintió menos porque solo estudió hasta tercero de primaria, que tiene miedo, que esta muy enfermo y que también se encuentra a punto de morir.

He tenido la suerte de charlar mucho con él: antes, durante toda mi niñez y adolescencia, pero sobre todo ahora, estos últimos tres años, en un lenguaje mas parecido al que tienen los hombres y pude conocerlo mejor. He podido agradecerle, he reído con él; también me he atrevido a regañarlo, corregirlo y llevarlo por el camino correcto un par de veces.
Aunque nunca pude llorar con él. Ya sé que probablemente no lo haga, él no es de ese tipo.
Ahora pienso que tal vez, lo mío sera llorar POR ÉL.

Mayo 9, 2006. 1:30 am, Hospital ISSSTE.
despedida1

Este infierno de sentirse solo, de sentirse utilizado. De parecer nunca avanzar cuando los años si siguen andando. De arrastrrar la vida y la historia como un lastre indomable, provocando el retroceso cada vez que alguna batalla ha sido ganada. Qué pasa con esta sensación de ser el bueno, el positivo, el aburrido, el que va por la derecha, el que pone la otra mejilla. Donde está el lado obscuro, el oculto, el que goza con el sufrimiento ajeno, el egoísta, el asesino.
Siempre trabajando para alguien, sembrando lo que nunca se cosecha, embotellando vino que nunca probaré, siguiendo, siguiendo, nunca alcanzando.

Qué pasa con esta sensación de arder por dentro, de equivocación perenne, de tratar de comprender qué parte estuvo mal, de forzarse a habitar esta vida que aun no convence a nadie.
La constante punzada de la muerte rodea todos mis actos y acciones. Ese suspiro suave que roza mis oídos en cada paso y me fascina, y provoca: cede… cede… cede… Termina con esto de la manera mas honorable. Acaríciame, juega conmigo, pásame entre tus dedos… mírame, aqui estoy, contigo siempre, a tu lado, codo con codo, esperando un momento de debilidad, o de valor, no lo se; para tomarte, suavemente, sin aspavientos, como hace quien me conoce.

Lento, mal entendido, procaz, fallido, súbito, pedestre, lánguido, sereno. Buscando significado a la existencia, buscando eternamente un pretexto para quedarse. Por dentro, por fuera, siempre voraz, investigador que sucumbe ante su ignorancia e incapacidad. Luchando contra los demonios que jalan hacia dentro y hacia abajo. Amaneciendo cada día con las ganas de seguir dormido y permanecer soñando, para qué abrir los ojos a una realidad que asusta, molesta y agrede. Para qué hacerle frente a un mundo necio, incomprensible y que tampoco comprende, que no se somete, que sopla y resopla, eliminando coberturas, cobertizos, techos, tejados, lozas; aspirando y robando vida, exprimiendo hasta la última gota de fuerza vital.

Y además, imposibilitado a la convivencia. Como cualquier otro ser con manos de tijera, ojos huecos y con voz inaudible, me resulta difícil, si no imposible, la relación con semejantes o diferentes, vivos o muertos, animales o no tanto. En este juego cruel que resulta la vida, fuí castigado con capacidad de síntesis y análisis, nunca entendida en el campo de las relaciones. Cuando intenté acercarme a seres similares, terminaba solo, cortado, con heridas provocadas por los abrazos, y lágrimas que siempre resultaron de sal. Condenado al destierro, huí cuanto pude, refugiándome inteligentemente en mi interior. Adorné mi cabeza con ojos y mis manos con piel, para parecer humano, y continué.
Tal vez ese fué el error: continuar.
Esa estúpida necesidad de continuar luchando contra ningún enemigo, de llenar huecos, de esperar respuestas, de investigar sonidos nuevos y palabras suaves, de tomar besos y convertirlos en balas, de correr, de jugar, nunca resulta positivo. Siempre vuelvo a caer, inevitablemente, porque estos pies no son para esta tierra. Es imposible caminar sobre la superficie de la vida, cuando tengo la mitad del cuerpo enterrado en el abismo de la muerte.

MARZO 13, 2003

inferno

Galletitas Chinas

Posted: 9 mayo 2009 in cuento
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A lo lejos, los perros no dejaban de ladrar. Debíamos estar a mas de 30 grados, justo como el meteorólogo lo pronosticó para esa mañana. Cada segundo se extendía hasta durar varias horas, distendido por los rayos inclementes del sol.  Filoso y perverso, el tiempo se burlaba de nosotros, engulléndonos en su ritmo desconocido. Todavía no podíamos movernos del asfalto. Álvaro ya había dejado de quejarse. Enrique emitía pequeños gemidos, suaves, tan tenues que me recordaron la canción de cuna que mi madre repetía cada noche. Ninguna palabra. Sólido sol secándonos la sangre y derritiéndonos las neuronas. Emilia estaba mucho mas allá, lejos del alcance de la vista. Al parecer había rodado por una ladera poco pronunciada, hasta reposar plácidamente entre margaritas y heliotropos. Tan hermosa como siempre; el brazo derecho extendido y el izquierdo reposando en su vientre, como dormida. Yo, bueno, nunca supe cuanto tiempo mantuve la conciencia. Me sentía líquido, separado de mente y cuerpo. Por extraña casualidad, fui el único que se quedó fijo al asiento, a pesar de no tener puesto el cinturón de seguridad. Mi posición era uno de los vértices del cuadrado de nuestra tragedia, donde los otros puntos se los repartían equitativamente mis amigos, silenciosos y lánguidos. Es posible que hubieran pasado apenas unos segundos desde que nos embistió aquello (que aún no resuelvo identificar plenamente), lanzándonos cientos de metros sobre la carretera, dando vueltas y esparciendo humanos en el camino. No recuerdo ningún grito de desesperación, ni de emergencia, ni siquiera de pánico o sorpresa. Siempre hemos sido todos muy callados. Eso nos decían siempre. Apartados, silentes, raros, particulares, mínimas palabras, minúsculos gestos nos hacían entendernos y gracias a ellos lográbamos interactuar. A veces me preguntaba si de verdad existíamos. Si no éramos una suerte de sueño de alguno de nosotros, que a fuerza de desearlo nos había materializado, y provocado a existir.
Y lamentablemente si existo, igual que ellos. Y estamos aquí, cinco minutos pasadas las 12 del día, tumbados al sol entre la sierra y la selva, en una carretera olvidada del estado de Oaxaca. Los perros lejanos por fin dejaron de ladrar. Posiblemente algún samaritano impaciente les dio un mendrugo para que callaran. Ahora solo escucho grillos, sonidos de la tierra, algunos pájaros, el aire suave y cálido meciendo mis cabellos. No siento las piernas. Ni siquiera las veo. El tablero del coche está sobre mi, abrazándome cariñosamente, celoso y posesivo. Apenas puedo respirar. Gracias a que mi cuello tiene aun movilidad, puedo alcanzar con la mirada a Enrique y Álvaro, y a un solo pie de Emilia.
Ay Emilia. Intensa, rosada, confidente y obstinada. Tan pelirroja que le daba vergüenza pasar cerca de las escuelas, pues todos los niños la señalaban con una gran sonrisa en sus labios. Bella por dentro y por fuera. Dejó su casa a los 12, huyendo de un padre abusador y una madre moribunda, aterrizando con su tía abuela, al lado de mi casa. Una tarde la encontré sentada en la banqueta, con las rodillas raspadas y una mano ensangrentada. Le pregunté que le había pasado, y con señas me explicó que estaba jugando futbol, y como portera responsable que era, se lanzó sobre un balón dividido cerca de su marco… en el pavimento… Ganó su equipo. Pero se quedó con esas heridas de guerra. Me ofrecí a curarla, y desde entonces no dejé de frecuentarla… a señas. Ahora es tan raro saberla tumbada ahí, entre flores. Tan callada por dentro, estática, pálida, con semblante melancólico, a ojos cerrados. La siento lejos…
Enrique volvió a gemir. Lo veo claramente. No reconozco su postura. Sus brazos están doblados mucho mas allá de lo que puede ceder el cuerpo. Parece como si llorara en silencio. Como los días en su habitación, en el rincón mas cercano a la pecera y mas lejano a la puerta, donde podía sentarse contra la pared, abrazar sus piernas y sollozar, atrapar el llanto para que nadie se enterara, apretándose el estómago para asegurar que no saliera ningún sonido. El era el fuerte, el centrado, el mayor de 4 hermanos que parecían destinados a seguirle el paso, entre los gritos y exigencias de su padre el General, y su madre, mujer del siglo pasado, envuelta en la vieja escuela del dolor, la religión y la sumisión hipócrita. Excelente alumno, deportista, hermano e hijo. Todo un roble y un pilar. Se me apareció en un concurso de matemáticas; él competía por la primaria “Justo Sierra”, y yo por la heroica “Batalla del 5 de Mayo”. Era la última ronda, competíamos con otras 2 escuelas. Debíamos resolver una raíz cuadrada de 12 dígitos, con 5 números después del punto. Me faltaban 2 números y vi que a el solamente le restaba uno, así que me tiré un pedo nauseabundo (ahí me enteré que era cuasi alérgico a las flatulencias humanas), se descuidó por segundos, terminé antes que él y le arrebaté el primer lugar que ya daba por ganado. Nunca me perdonó realmente aquel truco infantil que le hizo perder la competencia y al mismo tiempo el favoritismo de su padre. De ahí en adelante solo fue un segundón en su casa, debajo de su hermano siguiente, campeón de cuanto torneo científico aparecía. Entonces decidió dedicarse a las letras… hoy salía a la venta la segunda parte de su obra: “Encantado de conocerte”, una reflexión acerca de las diferentes maneras de saludar de las culturas antiguas y actuales en América y África, la cual dedicaba a Alvaro por su dedicación y esmero en llevarlo y traerlo a donde Enrique quisiera. Eran muy unidos. Alvaro era su vecino, llegó a la casa contigua a los 14 años. Ya sabía manejar, bebía como cosaco y las palabras vergüenza y pudor no existían en su repertorio. Entró e la misma secundaria de Enrique y se volvieron inseparables… eran la representación exacta de los conjuntos complementarios. El léxico puritano y elegante de Emilio vomitado de manera encantadora y desparpajada por Alvaro, siempre los sacó de problemas y les adquirió incontables beneficios, sobre todo con el sexo opuesto.
Emilia y yo los alcanzamos en el segundo año de prepa, estuvimos juntos desde el principio: el intelecto de Enrique, la obstinación y belleza de la chica pelirroja, el sinverguenza de Alvaro y yo, con un poco de todos, y una pierna derecha fenomenal, gran sentido de la ubicación y capitán del equipo de futbol del colegio.
Una suave brisa fresca me hace recobrar el sentido. Sigo perdido en los minutos. Busco de nuevo a mis amigos. Veo a Enrique. Está tirado a mi derecha, con los ojos muy abiertos, medio cuerpo sobre el pavimento, y medio cuerpo debajo del auto. Tiene ambas manos en el pecho y ya dejó de gemir. Alvaro se encuentra justo enfrente de mi, boca abajo, con toda la cabeza  y el cuerpo ensangrentado, la ropa rasgada, sin zapatos, sin reloj, sin energía, sin vida. Y Emilia. Colocada tan suavemente en el campo de flores. El vestido intacto. Solamente cuelga de su boca rosa y silenciosa, un ligero hilo de sangre, como un juego, como un detalle sigiloso y mortal. Y estoy yo. Atrapado entre los hierros retorcidos del Mini Cooper RC descapotable, rojo cereza, con la guantera y una rejilla del aire acondicionado incrustados en mi pecho; con la cabeza colgando y mi cuerpo doblado hacia atrás como saltimbanqui china, rompiendo toda ley conocida sobre física y anatomía. Sobra decirlo, pero no sobrevivimos.
Las galletitas de la suerte que obtuvimos como cierre del desayuno en el restaurante de comida china favorito de Emilia relataron una verdad alterna a la que no tuvimos tiempo de llegar; o bien, no tuvimos tiempo de entender: “El día de hoy sellará tu destino” decía una, “Cada minuto puede ser eterno”, “Hoy es el primer día del resto de tu vida” decían las demás, “Confía en tus amigos”…
Resulta que cuando uno se divierte, el tiempo pasa rapidísimo. También el Mini Cooper, y también los camiones de carga… sobre todo en las carreteras solitarias de Oaxaca, entre la selva y la sierra.

JUNIO 2005

galletas

Hoy, lejos de la civilización me sobrevienen sentimientos bruscos, como de soledad, de infinitud, de insignificancia, de integración. Es la sensación de pertenencia y de hermandad con la tierra, con la naturaleza, con el cielo, el viento. Acá, donde el sonido mas ruidoso es el de la golondrina reclamando el paso libre a su nido lleno de crios necesitados y hambrientos, aca donde la fuerza del viento en los oidos termina momentaneamente por ensordecerme y atraparme. Aca, lejos de la civilización vuelvo a comunicarme con el universo, y también conmigo. De nuevo me reconozco, me entiendo único e irrepetible, lleno de posibilidades y proyectos, que extraña y maravillosamente no estan intimamente ligados al dinero y el status, sino todo lo contrario. Se expande mi alma y mi pecho, y siento como pocas veces que el objetivo es vivir en paz, tranquilo, disfrutando de este entorno maraviloso que huele a tierra húmeda, a matas de chile, a trabajo, a tortillas recién hechas, y claro, a soledad, humilde soledad. Entiendo la importancia de volver a la arena descalzo, sentir las piedras y tambien las espinas, avanzar entre los surcos de alfalfa verde y fresca, sentir humedad y frío, contrastando con el sudor de la frente y el aturdimiento resultado de los poderosos rayos del sol. Caminar, y caminar. Avanzar sin encontrar autos, o pavimento, o supermercados o marquesinas brillantes. Paso a paso alimentarse de vida en forma de semillas de frijol, de hormigas rojas y negras, de sombreros de paja, de agua cargada de minerales edificantes. Encontrar al paso ardillas simples, o liebres brincadoras, que huyen de su propia sombra y de su propia precaución. Estar aqui es entender por qué somos también producto de la misma tierra que crea y transforma las semillas en frutos. Por qué llueve, por qué el sol sale y se pone cada día regalando su energía y su valor. Me convierto en melancolía. Respondo a cada insignificante sonido que como tierno recordatorio acaricia mi existencia, avisando que el entorno se encuentra vivo, como yo… tal vez mas. Cada árbol, cada mata, el pasto largo y húmedo, las garzas volando en círculos buscando donde aterrizar, no me permiten regresar de nuevo a casa. Me detienen, me sujetan, como un iman de vida extienden su poder para arrastrarme al ensueño de la pertenencia y de la trascendencia, para convertirme en polvo y como polvo permanecer. Hacerme uno con la enredadera y las lagartijas, ser parte del arado y los ríos, esfumarme y ser absorbido por esta suave brisa que anuncia la lluvia del atardecer.

Es hermoso y terrible. Cuando estoy aca nunca quiero regresar… y viceversa. Me siento en mi medio, un tanto solo, cerca de la naturaleza y la verdad. Cada minuto sucede nada y todo. Mi corazón se encuentra revuelto y fascinado, petrificado y expandido, detenido y al borde de la explosión.
Huele dulce. Huele a lluvia, huele a plantas creciendo, suena a árbol inclinándose y reverenciando la llegada de los cardenales y las urracas. Mi cuerpo se detiene ante el constante avance de mi alma, que de repente y por momentos se separa y vuela, libre, jugueteando con algunos patos salvajes que se pierden por la cercania de la estación de aguas, a no mas de 50 metros de la milpa sembrada con chile guajillo. Sube, baja, se deja caer en picada cerca del pozo principal, para despues recuperar la dirección y planear como quien sabe lo que hace deslizándose rozando con las manos la tierra roja y caliente. Finalmente regresa y se integra a este cuerpo estático y miedoso, que no conoce de vuelos, ni de sueños, ni de esperanza, ni de fe.

Y aquí estoy, intentando todavía no evaporarme en el ambiente, como quisiera, porque tengo que regresar con cuerpo y todo, al lugar de donde vengo. Manejar algunas horas y finalmente arribar a la ciudad mas grande del mundo, con embotellamientos, y marchas. La ciudad que me vió nacer, pero nunca morir. Donde esta mi fuente de ingresos, mi familia, mis pasatiempos y mi realidad. Siento tristeza porque ésta es también mi realidad, asi, tan libre y todo. Ahora creo que cuando llegue mañana a trabajar, voy a dejar abiertas las alas de mi alma, para poder escalar un poco en esa ciudad de las realidades, dejándome caer en picada directo al eje de mis emociones, y sobrevolar descaradamente sin precaución por donde pueda mantener mi vida con olor a tierra húmeda, y alfalfa y lluvia de atardecer.

JUNIO 2003.

airelibre

A quien corresponda

Posted: 27 abril 2009 in cuento
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Edo. de México, Mayo 2004.

Estimado vecino, muy buenas tardes.
Disculpe la molestia y la intromisión, pero es muy importante para mi escribirle esta carta. Soy German Calvo, y vivo por aqui cerca, justo atrás del centro comercial La Gavia, allí donde acaban de poner los Churros de Valle, esos que tienen relleno, ¿los conoce?; dando la vuelta por calle 4, cuarenta metros adelante está mi casa, su casa, sabe, la de reja vino, con detalles garigolados, parecida a la de Chapultepec, bueno, eso me dice la señora Garibay, la de al lado; tiene el número 86 grandote del lado derecho, y una hermosa maceta con geranios y siemprevivas.
Como le decía, necesitaba hacerle esta carta porque no me parece nada justo lo que ha sucedido. Y los vecinos hablan, nadie escucha, nunca se sabe quién dice qué, y entonces todas las palabras se riegan y quedan desperdigadas, y uno nunca sabe como van, entonces las acomodo como puedo, y bueno, al final se entiende poco, no se si a usted le ha pasado, pero creo que resulta confuso y estresante, ademas ¡con cada palabra que se topa uno!, en fin.
Lo que quería decirle es que la otra vez tuvimos ese incidente que tanto nos afectó a usted y a mi. Y es que, el tener que observar como usted y su pareja, sin ningún respeto por la demás gente, y mucho menos por mi, innecesariamente, descaradamente, sin recato alguno, sabiendo cuan de mal gusto y poca educación resulta, cuchicheaban y se hablaban al oído continuamente mientras todos esperabamos en la fila para comprar los boletos de la matiné del cine Imperio. Cuando yo lo noté, inmediatamente pensé que no se había dado cuenta de que estaba en público (porque yo también sé lo que es estar enamorado, y por momentos sentir que todo desaparece y que se encuentra uno solo en el universo, y nos pertenece cada uno de sus elementos, entonces nos dejamos ir y queremos hacernos uno con el ser amado, sentir sus latidos cerca de nuestro corazón…) y que desistiría de esa práctica tan desagradable y poco higiénica.
Sin embargo, y ante el asombro de toda la gente, quienes por educación no demostraron su desacuerdo, usted y su pareja continuaron, haciendo cada vez más evidente su desfachatez premeditada mediante risitas, alegatos y constantes manoteos suaves cerca del cuello. Yo dije entre mí, si pensaban tener ese tipo de prácticas, bien podian usted y su pareja haber evitado ese sitio y marcharse a algun lugar privado, donde no mancillaran la dignidad de la gente y las buenas costumbres, pero no fue así.
Creo humildemente, que todos merecemos respeto, y usted definitivamente demostró que no le importaba. Y claro, yo que me considero una persona de la más alta moral y principios, no podía permitir que usted continuara en esa práctica lasciva y obscena. Tal vez no lo recuerde tan claramente como yo, o simplemente no le importe, pero quiero dejar muy claro que fue usted quien golpeó primero. Fue usted quien con palabras altisonantes que ni siquiera me atrevo a repetir ahora, me dijo que no me metiera en sus asuntos, mientras su pareja sonreía de manera socarrona, y de una forma sucia por demas le propinaba cariñosas palmadas en la espalda. Eso, estimado vecino, le resulta tremendamente aberrante a nosotros la gente bien, y obviamente, fue la gota que derramó el vaso.
Tuve que hacerlo vecino, era cuestion de respeto, dignidad y solidaridad con la gente que con cara de horror miraba la escena. Fue notable lo sorprendente que le pareció a usted, verme levantar rápidamente la navaja suiza que siempre llevo conmigo para casos de emergencia, usted sabe, una ponchadura de llanta, un tornillo desajustado, una cremallera rota, hasta para sacar astillas es útil, nunca la olvido. Después, mirarme manejarla con la maestría de quien conoce su arte, sus secretos, de quien se siente confiado con el acero Victorinox entre sus manos, le resultó imponente. Sin embargo, lo que definitivamente nos brindó su más dramática reacción, fue cuando sintió la navaja en su cuello, cortando rápida y firmemente la vena yugular, protegida tan celosamente por el músculo esternocleidomastoideo, que nunca sobra decir, como dato importante, no se compara en resistencia con el canto exquisito de mi navaja recien afilada.
Después, usted ya sabe, el baño de sangre, los gritos de su pareja, tan desafinados y agudos, que estuve a punto de regalarle con la misma acción; las exclamaciones que seguramente fueron de júbilo del resto de la gente formada para comprar su entrada al cine… Nunca pensé que dejaría de respirar tan pronto. Para ser una persona tan rolliza y desagradable, la verdad es que tiene muy poco aire dentro vecino… ¿quién iba a creer?

En fin, es muy importante para mi entregarle esta carta porque… porque creo profundamente que usted pudo evitar que yo lo matara. Pudo evitar tanto alboroto el en el cine, pudo evitar que su pareja colapsara, y pudo evitar que yo, sentado en este lugar entre barrotes que no tiene la menor viso de buen gusto, que resulta gris y frío, con gente malhumorada que no conozco, le escribiera esta carta tan penosa que ahora le hago llegar. Y claro, porque como le dije en un principio, no me parece nada justo lo que ha sucedido.

crematorior

Ramiro

Posted: 22 abril 2009 in cuento
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La gorda se divierte. Serafina Rodríguez Infante, “la gorda” para la gente de su barrio, camina entretenida sobre la destruída acera que recién pintaron porque ya está cerca el informe; y se ríe. Se va riendo como si Esteban le estuviera haciendo cosquillas. Como aquellos segundos cuando en el asiento delantero de su Dart K, Esteban mete la mano debajo de su falda y la vuelve feliz; ahí donde el mundo se convierte en humedad, y olor, y rareza.
Y se ríe la gorda. Ríe porque hace rato su vecina le platicó que oyó a Don Zenón, el viejito del piso de arriba haciendo ruidos raros, como cuando le duele algo, como que movían los muebles, como que clavaban algo en las paredes; ¿qué sería, tú?.
Pero si el viejo ese ya ni puede, decía Serafina, ha de haber estado jugando matatena.
¡Cómo cree, Serafina! Seguro le ha de haber pagado mucho dinero a la muchachita esa, mírala, tan escuincla que está…

La gorda se bambolea cuando camina. Se mueve a la derecha, y a la izquierda, y sube, y baja, con las piernas abiertas para que no le rocen los muslos y le salgan ampollas. Mece su carne blanca y rebozante lentamente, en un andar seguro y aparentemente feliz. Va como despreocupada, como que ya pagó la renta, como que ya salió para la semana, como que Ramiro regresó.

Un día despertando, notó que ya no estaba. Habían dormido juntos como siempre, pero esa vez su lado estaba frío y la puerta de la casa abierta completamente. Hasta estaba asomado Jonathan, el hijo de Francisco, el carpintero. Estaba ahí, solito, con sus ojotes preguntando si esa gorda de la cama era de a deveras, o algún gigante jugueton la había fabricado con migajón de bolillo. Con un ademán seco, Serafina asustó al niño, se levantó nerviosa y gritando: ¡Ramiro!, ¡Ramiro!, ¡ven acá!, no juegues conmigo, sabes que no estoy bien del corazón, sabes que no aguanto estas tus bromitas, ¡ya, Ramiro!…
Silencio. Esa mañana, Ramiro no respondió.

Pero ahora, tres semanas después, todo es diferente. La puerta de su casa tiene un nuevo pasador, por arriba de la cabeza de Serafina, para que él ya no lo alcance. Su plato tiene restos de la reciente comida. Ramiro está ahí, en su lugar favorito, junto a la televisión, justo desde donde se puede ver la puerta de la entrada, y la de la pieza, y también la del baño, y hasta en cierta posición se domina también el lugar donde suele estar Serafina viendo sus novelas, el sillón verde de terciopelo que le regaló su hermana Nancy, esas vacaciones cuando regresaron de Veracruz.

Por eso ríe la gorda. Porque hoy felizmente puede ir a la tienda, con el bamboleo y todo. Sonriendo, chupando con enorme gusto su tutsipop, rascándose el hombro por donde pasa el tirante del brassiere, y meciendo casi musicalmente, la bolsa del mandado. No más asomarse por la ventana con la esperanza de verlo, no mas preguntas obvias a los vecinos, no mas rosarios ni mandas a la Señora del Sagrado Corazón. No más lágrimas a las 3 de la mañana. No más desayunos servidos sin ser comidos. Ahora Ramiro está con su gorda, y la gorda con su Ramiro.

Ya puede peinarle de nuevo. Ponerle su sueter cuando haga frío. Volverse a dormir con su perro estas noches de invierno, donde la soledad le pega hasta a las gordas de la colonia 16 de septiembre.

OCTUBRE 2001

gordacorre2

La Hoja

Posted: 21 abril 2009 in cuento
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Su rama ya había cedido. No había manera de que se quedara un segundo más, así que se dejó ir. El vértigo la embriagó, y por un momento no supo de sí. Recordó el día en que llegó aquel cardenal imponente, un macho en plena época de celo, cortejando a una hermosa hembra, que de antemano se había rendido a sus encantos. Recordó que en un rincón muy cerca de ella hicieron, con mucha dedicación y amor, el nido donde descansarían sus polluelos venideros. Y le dolió.
El sonido del viento la regresó a la realidad, seguía cayendo. Pensó en todas las primaveras que vió pasar, que sintió; en la cantidad de flores que logró albergar. Recordó cada gota de lluvia que satisfizo su sed, el placer que la suave brisa de verano le causó. Se sintió flotar…
Cada vez estaba más cerca de la tierra, y a pesar de que sus padres le habían preparado para ese momento, el solo pensarlo le hizo sentirse fría, triste, vulnerable, vacía, mortal…
Llorando miró hacia arriba.
Ahí estaba. La razón, el motivo y la consecuencia. Aquello que le indicaría que todo lo sufrido había valido la pena. En la rama estaba. Verde, fresco, hermoso, vivo. Era un retoño, su retoño, que había nacido en el momento justo para ver como mueren las valientes, las hojas madres, orgullosas y sabias.

Un instante después, la hoja tocó el suelo.

hojasotonio